Una dama antigua luchando con el tiempo

“Como un pulso que golpea las tinieblas”
Gabriel Celaya No se conocieron pero todos dejaron más en el siglo XVIII que sólo sus pasos. De Tomaso Albinoni dicen que fue un dilettante, pero a mí me enamora su maestría con el violoncelo y el violín. En lo que se sabe de la vida de Corelli hay mucho de leyenda, y de Marie Antoinette cuentan innumerables historias que quizás no fueron de su preferencia, pero sí le llevaron a su trágico final. Vivaldi, Albinoni, Voltaire, Kent, … ellos también forman parte del legado de aquellos años que con acierto llaman el siglo de las luces. Y nadie mejor que los artistas de la pintura para atrapar esas luces entre los óleos de sus paletas, pues la luz es también negro, blanco, sombras, tinieblas, blancoscuros, la luz es espacio y equilibrio, pero sobre todo la luz inspira y transforma. Por eso, para quien llega del sur, donde la luz es de un carácter dominador, la luminosidad humilde de este espacio abierto, sin horizontes quebrados, tiene un efecto persuasivo y confidencial, de sosiego: la luz acariciando, la luz acortando distancias, la luz que invita a conocer. De todo esto sabían muy bien pintores como Rembrandt -sombras y dorados- y Vermeer -íntimo y familiar- entre otros. “El año del siglo XVIII” es el nombre de la exposición que presenta el Museo Nacional de Twenthe, en Enschede. Pintores flamencos como Pieter Barbiers, Isaak Ouwater, Wybrand Hendriks, Cornelis Troost, Johannes Reekers, Tibout Regters, hacen ver el efecto de la luz en la naturaleza y en los retratos: paisajes y ciudades, elegante y rica burgesía, escenas alegres y atrevidas, hasta iluminar con el pincel un comportamiento más sencillo e ideal en el interior entre amigos y familiares. No quiero ser indiscreta y procuro acercarme a los personajes retratados evitando distraerlos. Ellos siguen ensimismados en sus ocupaciones, lectura, lecciones de música, visita de amigos, un paseo por el parque, un momento de descanso … Se presiente la música en el aire y el rumor de una conversación empezada que no puede salir del marco en que se encuentra desde entonces. La luz sigue estando presente en las telas, en los tonos, en cada pincelada; susurros de pasos en cada una de las salas, un reloj deja oír cadenciosamente las tres … Y la luz de nuevo en aquella sala, la luz que deja ver también -inevitablemente- su lado crítico y observador, que se introduce en todos los pliegues, texturas, marcos y lienzos. Es en esa luz donde una dama antigua lucha con el despiadado tiempo. Paso a paso una mano precisa la desnuda de barnices envejecidos y suciedad, de pegamentos y remedios mal empleados en el pasado, repara grietas y malos tratos. Vuelve el olor de los aceites y de la pintura, y siente la caricia de los pinceles, la presión de la espátula, el roce del algodón. Renace a la vida. Vuelve a tener la luz que la hace cercana e intensifica su mirada, luz generosa que da profundidad al terciopelo y al espacio. Regresa la luz a la imagen y la alimenta hasta recuperar el color y la tersura y descubrir así su verdadera identidad*.
*Catharina Hochepied.
Nicolaas Verkolje fue su pintor.
Despues de 1717
http://www.rijksmuseumtwenthe.nl/
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