01/03/2008

Hendrickje Stoffels



Rembrandt

Es tan frágil la línea que separa la historia de la imagen atrevida en la imaginación, que hasta los pinceles parecen hablar una verdad muy distinta a la que interpretas en la lectura de las telas. Quizás te dejas influenciar por los límites e imposiciones de una época que el tiempo tiene algo emborronada, o por esa extraña  lógica que él daba a conocer en sus pinturas. Me entristece que no me reconozcas, que hayas olvidado que le dediqué los mejores años de mi vida, y me desees un futuro que gire en espiral. ¿No sabes que subí peldaños en su afecto hasta que no pudo pasar sin mí, o fue esto también una mentira? La puerta que ves no encierra ningún dragón, y mucho menos miedos descontrolados. ¡Nada de eso! Lo cierto es que no guardaba secretos y nos proporcionaba instantes de íntimas horas, y aunque nuestro comportamiento no obtuvo el beneplácito de los hombres que se dicen santos, nuestra unión fue reconocida como una alianza por la gente que teníamos cerca.

Cuando le conocí pasaba por unos momentos de pérdidas y duelos, de los que se fue reponiendo con la lentitud y la prudencia de sus años. Yo cuidé su casa y le di también una hija que acompañó más tarde sus horas de soledad. Sus lienzos se hicieron grandes, el pincel enérgico: aprisionó mi silueta dando forma a sus desvelos y pasiones. Sí, me has visto entre calderos y ollas, entre fogones, con aspecto de haber perdido el rumbo de mi destino. ¡Nada más que un momento de debilidad y cansancio! El claroscuro envolvía nuestros recuerdos con un aspecto de melancolía, un duermevela sin sobresaltos. Entonces, ni en aquellos momentos ni después, supimos de filosofías ni de comportamientos existenciales, y tampoco de presagios. Mejor así. Nada nos hacía sentir que esos instantes se saldrían de la rutina, y que ya teníamos más cerca los cipreses, esos que crecen hacia el azul. Nadie nos dijo que la vida nos asombraría con su última jugada: una pincelada de grises poniendo acentos desvelados para siempre.

No tuve odios ni me sentí esclava. Sí lloré. La vida cambiaría pronto las esperanzas, pero hasta ese momento no se dejó notar ningún movimiento extraño ..., ¡todavía no! El dolor no tardaría en acercarse: Tánatos estaba ya en camino.

¿No será su aliento lo que confunde las sombras y marca esa frontera entre lo real y lo imaginable? Contestar a la pregunta nos llevará a conocer la verdad.
 
 

En Amsterdam, 1663

Posted by Pilar at 00:18:21 | Permanent Link | Comments (0) |

26/02/2008

Un día de playa



Paseo a orillas del mar
Sorolla



El viento abre surcos sonoros en el aire,
alto vuela un parasol,
unas gaviotas buscan el rumbo perdido
y gritan su descontento en un cielo que no se deja ver.
Las olas se levantan enfurecidas,
pagando con sus vidas la loca carrera hasta la playa,
el Levante, indomable y caprichoso, nos visita
esta mañana y nos obsequia con revoloteos de su carácter.

Recogemos las cosas y nos marchamos…. pronto
habran desaparecido nuestras huellas en la arena.

Posted by Pilar at 17:49:25 | Permanent Link | Comments (0) |

19/02/2008

Hay de esos días


Edmund Tarbell (Estados Unidos, 1862-1938)



Yo también lo he sentido:
hay de esos días que nacen alas
y vuelas por encima de lluvias, de nubes, de grises.
Danzas en silencio buscando más allá de los sueños
el camino del deseo.
Hay de esos días ... algunos se pierden en la triste realidad del desengaño.

Posted by Pilar at 22:29:48 | Permanent Link | Comments (1) |

17/02/2008

Mujer ciega



Acuarela (Maurice Minkowski, 1881-1930 Polonia)


En la rutina obligada de sus duelos
despierta cada amanecer cargado de desaires,
provocativa garganta
que impone sin pudor el grito atropellado y hueco
hasta hacerlo recipiente vacio de sinónimos ...
Gestos,
arrebatos,
dependencia y sumisión
encarcelan voluntades sin retraso
y hacen desierta
cualquier realidad posible
en una ceguera tejida por los años.
Mientras, crece lo absurdo,
y el desaliento
omitiendo nombres
en el tiempo desbordado que le queda,
... cuando amanece.
 
Posted by Pilar at 21:14:15 | Permanent Link | Comments (2) |

14/02/2008

Ophelia




De poco te sirvió tu nombre cuando no pudiste encontrar ayuda que te salvara, confiando a la escritura tus más íntimos secretos. Buscas esa palabra liberadora, esa frase que te haga depositaria de la Fortuna, que dé réplica a tus deseos de olvidar. Pero la espera es siempre triste, nacen sombras inquietas, y es el tiempo el que revela la verdad: la existencia de un sentimiento de venganza que surge en corazones en duelo, que exige y se rebela. Te habría salvado el carácter indeciso de quien quiso dar satisfacción por la sangre perdida, y fue tu ansia de escribir, ese arrebato de engañosa sensualidad, lo que te llevó a un límite sin vínculos. Ahora, aniquilida por tus propios miedos, estás a merced de lo que enseña la Historia, y has perdido la necesaria lucidez para desentrañar la verdadera razón de lo que cuentan: el mito ahogó tu imagen. Sólo  cuando  haya alcanzado mi propio límite, descubriré el motivo que te impulsó verdaderamente a poner fin a una realidad.


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